Nunca me interesó el mundo de los toros y de los toreros. Y mucho menos la tauromaquia, que debe ser una especie de profundización estética y filosófica de ese complejo universo. Para ser aún más sincero, confieso haber asistido a dos o tres festejos taurinos en toda mi vida, casi siempre a regañadientes. Al final, salía de la Plaza con el sentimiento de haberme perdido algo interesante a causa de una enorme ignorancia.

Por ese motivo, contemplar la obra escultórica de Miguel Llamas me ha llenado de estupor. Él ha lanzado al ruedo, y a todas sus circunstancias, una mirada diferente. La mirada inteligente que yo nunca fui capaz de fabricar sentado sobre la almohadilla del tendido.

Gracias a esa mirada, Miguel ha fraguado una historia en tres dimensiones repleta de orgullo viril, miedo, seco, valor e ironía que desborda las fronteras del toreo para adentrarse en los recovecos del alma hispana.

Las instalaciones y piezas de “La Corrida (con perdón)” invitan a mirar los toros desde nuevos puntos de vista, escudriñando en las tendencias del toreo, desnudando a sus protagonistas y dejando al descubierto sentimientos insospechados.

Un Quinto Mandamiento pudorosamente descolgado frente al reclinatorio; un arco con el que el pusilánime lanza sus banderillas a distancia; cornamentas transmutadas en falos totémicos; toreros cuadrúpedos enfrentado a toros con cuerpo humano; tercios de banderillas asomados al trampolín que catapulta hacia la muerte o hacia la gloria; toros blindados y acorazados frente a burladeros tras los que un cuerpo humano se cuartea en el pavor; monteras astadas y zapatillas alzadas con femeninos tacones; hombre y mujer; toro y torero en una danza ritual.

No hay crítica. No existe la distancia educada. Muy al contrario, hay reflexión y compromiso. Sobre todo, se intuye la profunda admiración del autor hacia este cosmos cerrado. Me rindo a la evidencia: desde ahora miraré la tauromaquia con otros ojos. Gracias Miguel

Juan Carlos Arbex.
Periodista, acualerista y escritor